Monday, August 9, 2010

La vida conyugal

Difícil tarea la de conocer las múltiples dimensiones de la vida conyugal, incluso para quienes llevamos tantos años en ello. Y lo es porque, al igual que en los asuntos del sexo, nadie cuenta las verdades cotidianas de la convivencia en pareja. Ergo, uno sólo puede sumar a la propia experiencia lo que observa en las parejas cercanas y lo que describen literatos, estudiosos o cineastas con más o menos fidelidad. Así, la visión que cada uno tiene de la vida conyugal va evolucionando dependiendo de la exposición a estas tres fuentes de información.

No conozco pareja alguna donde, independientemente del carácter civil o religioso de la unión marital,  cada uno de los miembros no piense que el paso que está dando es – y perdone usted la simplificación – para siempre, cualquiera sea el significado atribuido a estas dos palabras. Tal vez por esta expectativa – asaz desmesurada – es que se habla de fracaso cuando la unión resulta finita, vulnerable. Es probable que esto explique la primera impresión que tuve de Escenas de la Vida Conyugal, la gran película del sueco Ingmar Bergman estrenada en 1973. La vi unos pocos años después, estando yo recién casado. En síntesis, el filme – originalmente un mini serie para la televisión – narra en seis episodios la vida de una pareja ya establecida, desde la exposición de las diferentes perspectivas de cada uno de sus miembros hasta el reencuentro – siempre conflictivo, aunque amistoso y maduro – luego de la separación. Volví a ver el filme en dos ocasiones adicionales: unos quince años después y recientemente, luego de adquirir una buena versión en DVD. Las tres veces quedé muy impresionado, pero por razones distintas.

El recuerdo más vívido de mi primera exposición a la película de Bergman es el del reencuentro voluntario y subrepticio de los protagonistas, ya maduros y con nuevas parejas estables; probablemente mi juventud me llevo a interpretar ese encuentro clandestino como muestra de que la siembra de los primeros años de compañía era definitiva, inquebrantable. Distinto es lo que recuerdo más nítidamente de la segunda ocasión en que vi las Escenas; allí lo que me quedó en la retina (y en el corazón) fue la violencia física que aflora cuando la pareja se junta a firmar los papeles de la separación. En la escena – y al revés de lo que había ocurrido cuando él anuncia su alejamiento mucho tiempo antes – es él quien pierde los estribos. Las imágenes y texto que allí muestra el director probablemente iban de la mano con mi percepción entonces de lo complejo del asunto de las relaciones estables entre los hombres y las mujeres.

Después de todos estos años no he encontrado factores explicativos de la permanencia o fin de una relación de pareja. Cuántas veces he escuchado las conclusiones a partir de la observación de pocos casos: “se separaron porque eran muy parecidos” o “se mantuvieron juntos por la afinidad de intereses”, por mencionar dos “explicaciones” evidentemente contrapuestas. Tal vez lo único que he podido concluir es que una pareja se construye, es decir, requiere esfuerzo pues no está garantizada como tal. Esto significa ponerle el hombro y tolerancia (aunque – claro – todo tiene un límite). Esto bien podría explicar lo que más me impresionó en mi última revisión de la película de marras, hace pocos meses. Casi al comenzar, los protagonistas reciben en su casa a una pareja amiga. A la hora de lo que aquí llamamos el bajativo, comienza un intercambio verbal entre los invitados que va subiendo de tono, no en volumen sino en intensidad emocional. Los invitados se hieren profundamente al hablar, al dirigirse el uno al otro, lo que provoca no sólo la reveladora conversación posterior, íntima, de los anfitriones, sino el desarrollo contextual de la película misma.

Películas como la de Bergman nos hacen aflorar el voyeur que llevamos dentro pues, debido a lo poco que sabemos de la vida conyugal de los demás, es como mirar por el ojo de la cerradura. Y Bergman no se deja llevar por la tentación de aparecer como héroe, ni en ésta ni en otros filmes de evidente contenido autobiográfico. Por eso quienes buscamos el Bello Sino lo sabemos un aliado.

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Sunday, April 4, 2010

Fatuos y Sabios

En nuestra infancia comenzamos por asociar cosas con sonidos e imágenes que luego se convierten en palabras con significado. Hablar, leer, escribir, sumar y restar son la antesala a las multiplicaciones, las divisiones y la gramática. Y partimos por el eterno camino del conocimiento, escuchando a otros, siguiendo pautas y libros de texto, investigando, preguntando, viendo TV y leyendo la prensa. Se ha convertido en un lugar común decir que el conocimiento es hoy la principal fuente de riqueza de una nación; la especialización y el postgrado se desarrollan sobre esa idea. Poco se ha hablado, sin embargo, de la relación que los individuos tenemos con el conocimiento. Permítame presentarle un modelo – una representación simplificada del proceso de conocer – que  puede ayudar a entender algunas cosas. Tome un papel y un lápiz.

 

Imagine que el conocimiento es un plano infinito representado por ese papel. Dibuje un círculo más bien pequeño cuya área representará lo que alguien sabe cuando tiene, digamos, cuatro años: los nombres de las cosas, los números, lo que consigue una sonrisa. Mediante aprendizaje formal (la escuela) e informal (el resto) el círculo crece conteniendo al anterior. Puede dibujar sucesivos círculos concéntricos que representan, por ejemplo, lo que ha aprendido a los quince – las metáforas, el roce de una piel – y a los treinta, cuando ya tiene una profesión u oficio y los éxitos y fracasos se van convirtiendo en experiencia. Aunque no sabemos los tamaños relativos de los círculos, ya tiene un modelo simple que, al igual que el modelo corpuscular de la luz mediante bolas de billar (que ilustra la igualdad entre los ángulos de incidencia y reflexión), permite visualizar un par de cosas. Por ejemplo, que los primeros círculos son bastante parecidos entre las diversas personas, lo que podría explicar por qué tomamos una actitud algo soberbia cuando notamos que – en etapas posteriores – nuestro círculo comienza a crecer más que el de otros. Pareciera que en esa nueva etapa asignamos gran importancia a la velocidad de crecimiento del área que representa nuestro conocimiento adquirido.

 

Pero el modelito también nos muestra que la longitud de la circunferencia que delimita al círculo también crece con el tamaño. Esa circunferencia representa el límite entre lo que sabemos y lo que no sabemos; es decir, mientras más sabemos mayor es la percepción de la cantidad de cosas que ignoramos. La forma en que miramos esa frontera marca una diferencia fundamental, incluso entre quienes han tenido la fortuna de acceder a los niveles más altos de instrucción o quienes contribuyen al conocimiento desde la investigación científica; hay quienes se quedan (ad)mirando la velocidad de crecimiento de su propio saber y el tamaño de su círculo, y hay quienes se maravillan de saber tan poco sabiendo tanto. Puesto de otra forma, los primeros miran hacia adentro y los segundos hacia afuera: los fatuos y los sabios.

 

Antes de que usted lo haga notar permítame agregar que hay muchas cosas importantes que el modelito presentado no permite abordar. Por ejemplo, por qué querría uno aumentar su conocimiento. También en esta dimensión me parece detectar diferencias entre los individuos, pues hay muchos que miran el conocimiento como inversión de tiempo y energías hoy para un mayor ingreso monetario en el futuro. Otros lo miran como una herramienta para entender mejor las cosas. Usted dirá que ambas visiones van de la mano; tal vez. Pero el énfasis puesto en la primera cría cuervos; puesto en la segunda, se busca el Bello Sino.

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Sunday, March 28, 2010

Desconfianzas

Los hippies de ayer desconfiaban de sus mayores y pedían lo imposible. En su versión local aquellos que entraron al juego del poder o la riqueza, parapetados tras sus trajes y corbatas, con el antiácido a mano en el bolsillo, hoy sólo viven para adaptarse a lo posible y desconfían absolutamente de todo el mundo, sin excepción. Tal actitud, consubstancial a la supervivencia de un sistema basado en la competencia y el lucro, se ha transformado en ideología dominante, en una forma de mirar el mundo y la relación con nuestros semejantes – hoy potenciales rivales – deviniendo en el individualismo asocial identificado por Hobsbawm.

 

Dudo de la posible existencia de medidas objetivas del fenómeno, pero percibo una pérdida de confianza en los demás, en la capacidad de hacer cosas colectivamente. Así nos dominan los que dominan. Ya no se trata de las dificultades de unirse para conquistar o defender derechos laborales como en la primera mitad del siglo XX, aunque aquellas sigan presentes bajo nuevas formas. Se trata de creer que podemos resolver todo solitos, como si los problemas sociales fueran la suma de incapacidades personales en todos los planos. Ni las empresas ni las políticas públicas tendrían responsabilidad en nuestras desventuras, sean éstas laborales, comunales, en salud o en educación. Bajo esta óptica seríamos perdedores porque no somos capaces de ser ganadores. Por este camino sólo terminamos por incrementar las ganancias de las licorerías, los siquiatras, los predicadores (más baratos, sin duda) y los autores de libros de autoayuda.

 

Los intelectuales norteamericanos descritos por Simone de Beauvoir a mediados del siglo pasado hicieron de la bebida y el psicoanálisis su refugio frente a las frustraciones  provocadas por la impotencia ante una sociedad que eran capaces de describir pero no de cambiar*. A fines de ese siglo entramos con un amigo a un bar de Austin, Texas, para escuchar a una de nuestras bluseras favoritas. Notamos que al final de la barra, en lo alto, había un televisor permanentemente encendido aún con la música sonando fuerte. Concluimos que cumplía un papel social pues con la mirada puesta en la pantalla no era necesario interactuar con el vecino. Sin duda, la soledad inducida por nuestro sistema económico es un obstáculo a vencer para conquistar el Bello Sino.

* Ver Siquiatras y Sectas: La Revolución Sublimada, en “Con los Ojos del Sesenta”, Ediciones Radio Universidad de Chile, 2007, pp. 137-139.

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Sunday, March 21, 2010

Solitario Solo

Comenzaba la así llamada transición y la TV intentaba programas de conversación. En la pantalla apareció César Antonio Santis conduciendo uno de esos; entre los invitados – no muchos – dominaban los usuales dueños de lugares comunes que hoy son norma en ese medio, pero también estaba Joan Manuel Serrat, lo que me permitía augurar alguna profundidad. El tema era la soledad. Vi como uno a uno los participantes describían la necesidad y la belleza de encontrarse a si mismos en momentos de intimidad, caminando libres, introspectivos y solitarios por hermosos senderos o al borde de lagos y playas. Hasta que Serrat, algo exasperado, hizo notar que estaban evitando el asunto central: la soledad como el drama de quedarse sin compañía, de sentirse aislado. Pensé que el catalán había salvado el programa, pero me equivoqué rotundamente; para decirlo en buen chileno, no le dieron pelota.

 

He notado que parece menos molestoso hablar de la muerte que de la soledad. Tal vez es porque – a diferencia de la primera – la soledad si tiene remedio pero, de alguna manera directa o tangencial, ese remedio nos involucra. Porque a veces abandonamos y a veces nos abandonan; porque vemos gente sola a nuestro alrededor; porque alguna vez, o muchas, encontramos la compañía que deseábamos; porque no quisimos acompañar; porque nos dejaron plantados; o porque perdimos a alguien.

 

Desarrollamos estrategias para no sentir la soledad, cuando ocurre temporalmente o cuando se establece como un estado permanente. Así aprendí a circular solo por los lugares del mundo que debo visitar y a cultivar el gusto por la observación de la gente, de las calles y de las cosas, lo que hubiese preferido hacer en compañía. Fue curioso que tal actitud indujese la costumbre de conversar con mis vecinos (o vecinas) de asiento en el bus y de mesa en el restaurante-autoservicio, lo que me ha permitido saber más de la sociología local y gozar más los viajes de trabajo, costumbre inducida que he mantenido aún cuando mi mujer me acompaña.

 

Aunque no he vivido solo salvo en períodos muy breves, me imagino que en una situación permanente establecería rutinas tan estables como las que he tenido en las diversas etapas de mi vida: en pareja joven, con los niños pequeños, con ellos y sus amigos, en pareja adulta o con las visitas de los nietos. Por supuesto que en todas estas etapas he buscado los lugares y momentos para mi, sabiendo que el cruce de una puerta o el descenso de una escalera me llevará al encuentro de quienes habitan conmigo. Pero recuerdo el pánico que sentí en la única ocasión de mi vida en que pensé que me dejarían solo; todo lo demás – estudio, trabajo, música, lectura – pasó a segundo plano hasta que la situación fue superada. Parece que no soy capaz de buscar el Bello Sino sin compañía. O tal vez será que ahí está la madre del cordero.

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Sunday, March 14, 2010

Réplicas

Fui el primero en despertar la noche del terremoto. Sacudí el brazo de mi mujer advirtiéndole del movimiento. Medio dormida me dijo “es de onda larga; el epicentro está lejos, duérmete no más”. Sus reflejos de investigadora en diseño antisísimico me hicieron vivir de esa manera tan atípica los primeros minutos del desastre natural de la madrugada del 27 de Febrero. A los pocos minutos, luego de sentir las bocinas de las alarmas de casas y autos y el ruido siempre escandaloso de vidrios rotos, estaba tan despierta como yo buscando linternas y radios a pila como todos los santiaguinos. La llegada de los niños y sus familias nos tranquilizó algo. Luego empezó el bombardeo de comunicados, alertas, desmentidos, cifras e imágenes que todos conocen.

 

No deja de ser notable cómo el lenguaje afín al diseño de estructuras y a los sismos se ha ido popularizando. Hoy todos hablamos de “daños estructurales” o “intensidad” de manera casi coloquial. El primer término es muy sugerente, pues podría ser aplicado al deterioro de las relaciones entre personas o de la salud de alguien, sugiriendo algo grave o de carácter irreversible (“mi pololeo sufre un daño estructural”). En el caso de un terremoto el significado es literal pues se aplica a lo que usualmente llamamos estructuras en su sentido físico: edificios, puentes, casas o estanques; así, el daño estructural sería aquel que afecta las capacidades soportantes de los elementos diseñados para ello, como vigas, columnas, losas y algunos muros en el caso de edificios y casas. La intensidad, sin embargo, ha resultado ser más compleja pues hay dos escalas que suelen asociarse a ella: Richter y Mercalli. La primera está asociada a la energía liberada y es una medida única para cada sismo llamada “magnitud”, en tanto que la segunda está basada en percepciones de la población e inspecciones visuales del daño producido y puede aplicarse a diversos lugares para un mismo sismo. Sucesivas modificaciones de la Mercalli la han hecho más objetiva al incorporar juicios relativos al tipo y calidad de las estructuras y medidas como la aceleración del suelo; así, la intensidad en Santiago fue de 7 por el tipo de daño causado en estructuras de cada tipo. Por supuesto, la metáfora también ayuda a intuir el significado de la palabra, ya que, por ejemplo, una relación “intensa” sugiere la muy activa interacción de dos personas.

 

Cuestión aparte son las réplicas, sismos de menor intensidad posteriores al terremoto y derivados del mismo fenómeno geofísico. Luego del reciente desastre, circuló muy rápidamente en internet un artículo científico publicado el 2009 en el que ocho investigadores – incluyendo cuatro chilenos – reportan investigaciones hechas a comienzos del siglo XXI que indicaban lo posibilidad de un terremoto en la zona Concepción-Constitución de magnitud entre 8 y 8,5. Advertían que ni la ocasión ni la magnitud eran previsibles con precisión. Pues bien, miembros de ese mismo equipo me hablaron de una posible pronta réplica que aparentemente fue la que ocurrió el jueves once de marzo, al día siguiente de la mención que yo hiciera de esto en Bello Sino. Uno se pregunta si no sería sensato realizar operaciones de preparación de la población cuando se anuncian tales fenómenos, por amplia que sea la ventana de tiempo en que los hechos podrían ocurrir. Recuerdo que todos los años de secundaria participé en las llamadas operaciones “Daisy” que nos preparaban para enfrentar colectivamente potenciales desastres; afortunadamente nunca tuvimos que aplicar tales enseñanzas.

¿Qué diría usted si le contara que investigadores del mismo Departamento de la Universidad de Chile han presentado evidencia de la posibilidad de un sismo de relevancia en el extremo norte del país? Siempre habrá interesados en rechazar tal evidencia por razones turísticas o simplemente porque no quieren que ocurra. Al finalizar esta crónica replico que la búsqueda del Bello Sino está más cerca de la prevención que de la cura.

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Sunday, March 7, 2010

Con el mate en la mano

El Uruguay es un país sorprendente. En 1973 se instaló una dictadura militar que duró formalmente hasta 1985, año de nuestra primera visita. Veinticinco años después, en elecciones democráticas, dos ex miembros del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros – principal objeto de la represión – han llegado a los cargos principales de la república: José Mujica como Presidente y Lucía Topolansky – su esposa – a la cabeza del Senado. Ambos estuvieron en prisión durante todo del período militar. Mujica sucede a Tavaré Vásquez, también miembro de la coalición de izquierda Frente Amplio. Recientemente volvimos para hacer una visita distinta.

 

Para que se haga una idea, Uruguay tiene la más alta tasa de alfabetización de Latinoamérica, el tercer lugar en ingreso per cápita y la distribución más equitativa del mismo, con una economía que descansa en la exportación agrícola. En un pequeño coche arrendado nos dedicamos a visitar durante diez días zonas distantes hasta unos 200 kilómetros de Montevideo: Colonia, Durazno, Florida, Minas, Rocha, las playas en torno a La Paloma, Punta del Este y Atlántida. Los últimos cinco días fueron para la capital. El viaje a Durazno tenía un objetivo preciso: asistir al Festival Nacional del Folclore que allí se realiza anualmente. Aunque una persistente tormenta impidió el uso del Parque de la Hispanidad, tuvimos el privilegio de presenciar las finales de solistas, dúos y payadores en un pequeño teatro local colmado de gente con quienes aplaudimos a intérpretes de Paysandú, Canelones, Tacuarembó, Flores, Durazno, Maldonado y Río Negro. La actuación de Los Cantores de Quilla Huasi y el desfile de gauchos fueron un bono inesperado.

 

Entre pastas, pamplonas, morcillas dulces y un popular postre llamado chajá, nos fuimos empapando literal y metafóricamente del Uruguay del interior, como allá lo llaman. La visita a las playas de La Paloma en el período previo al Carnaval constituyó un reconfortante descanso; poca gente y buen clima. Llegamos recargados a Montevideo donde los puntos más altos fueron las murgas – grupos de música teatralizada con canciones alusivas al momento social – y el cambio de directiva en las cámaras de diputados y senadores, donde asumieron las presidencias dos mujeres. El acto frente al palacio legislativo fue amenizado con tres intérpretes simplemente magníficas: la joven Ana Prada, la tanguera Malena Muyala y la cautivante Laura Canoura, de larga trayectoria en la canción bellamente comprometida. Un acto hermoso y significativo.

 

La visita a la plaza Liber Seregni nos mostró como la iniciativa vecinal puede convertir un basural y centro de delincuencia en un hermoso lugar público con rincones para el esparcimiento y el deporte. Paralelamente, la lectura de El Hombre Numerado, de Marcelo Estefanell, nos llevó mediante crónicas profundas y amenas a conocer lo que fue la vida en el penal de Libertad donde el autor – también Tupamaro – pasó trece años de su vida, al igual que el Presidente Mujica.

 

En un país con tradiciones urbanas y rurales profundamente arraigadas hay un elemento cultural que cruza todos los estratos de la población; viejos y jóvenes, ricos y pobres, hombres y mujeres, campesinos y ejecutivos, todos ellos se mueven por su país con un mate y un termo. Una de las murgas cantaba que esta yerba produce insomnio, ardor, picor y otras cosas, pero es el símbolo de lo uruguayo. Tal vez los calma; tal vez tiene propiedades mágicas y por eso son tan amables; tal vez por eso son capaces de rechazar la privatización de los servicios básicos pero aprobar la amnistía. Tal vez por eso un viejo ex Tupamaro es elegido bajo la consigna de crecer con equidad. Tal vez por eso él y su señora, los máximos dirigentes del pueblo uruguayo, se sentaron con sencillez en las escalinatas del Palacio Legislativo para escuchar con nosotros las canciones para un Bello Sino que interpretaron tres mujeres, hermosas como todas.

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Wednesday, February 3, 2010

Desde la galucha

En cuanto supe del recital de Sabina me fui a una multitienda del centro donde se anunciaba la venta de entradas. Luego de media hora de indagaciones acerca del lugar exacto donde se podían adquirir y de otra media hora esperando infructuosamente a la encargada del asunto, desistí. Cuando pude volver, varios días después, ya no quedaban entradas de precio sensato y adquirí dos galerías.

 

Nuestra experiencia anterior en galería había sido muy buena en el velódromo, donde habíamos llegado con unos cuarenta y cinco minutos de antelación y conseguido buena ubicación, con el bono adicional que pusieron nuestras vecinas, oyentes de Bello Sino. Esta vez el asunto fue distinto. Llegamos al recinto – ubicado al norte de Santiago – más de una hora y media antes de la hora programada, encontrando una larga fila única que, al momento de la apertura, se transformó en dos con el consiguiente desbarajuste. Una vez dentro, corrimos hacia las graderías instaladas al fondo del espacio abierto (un gran estacionamiento habilitado para estos efectos) y buscamos las mejores ubicaciones; conseguimos dos sitios centrales y tan adelante como lo permitía la buena visibilidad dificultada por la reja de separación con las entradas caras. Pero el diseño de los “asientos” presentaba una dificultad adicional; se trataba de gradas con tablones dobles, de forma tal que los pies y rodillas del vecino de atrás quedaban en directo contacto con mi trasero y mi espalda respectivamente. Mi mujer tuvo la gran idea de instalarnos en hilera en vez de en lateral, lo que permitió que ella usase mis extremidades inferiores de respaldo. Al comenzar el recital la galería estaba repleta, incluyendo los infaltables atrasados que, al ver agotadas las buenas ubicaciones, se instalaban de pie entre las graderías y el escenario.

 

Pero todo fluyó amable, incluyendo a mi joven vecino de atrás quien acomodó sus piernas de forma tal que quedé muy bien instalado. Mis vecinas a la derecha habían conocido la música de Sabina gracias a su gusto por Serrat, lo que las había llevado al velódromo para verlos y oírlos juntos más de dos años atrás. Me habían adelantado que se sabían todos los temas y que los cantarían a voz en cuello, lo que cumplieron alegremente casi sin excepción, incluyendo las canciones del último CD que motivaba la gira del cantautor. Lo mejor de todo fue que pude suavizar los efectos de las tres horas sentados en el tablón con discretos masajes a la espalda y el cuello de mi mujer. En algún momento hacia el final del concierto de casi dos horas y media, Joaquín y yo cantamos “Yo no quiero contigo ni sin ti; lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.” Fue entonces que sentí que la búsqueda del Bello Sino era pasar mi mano por el cabello de mi mujer, acariciar sus orejitas y el nacimiento de sus hombros, transformar las sensaciones auditivas en táctiles, cantar y emocionarnos desde la galucha. Felices vacaciones.

 

 

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Monday, January 25, 2010

La gran paradoja

Cuando la asignación de recursos del país se orienta más por el poder adquisitivo de cada uno que por el presupuesto nacional que se nutre de los impuestos, el aparato productivo y de servicios se pone al servicio de los más ricos. El ochenta por ciento de los chilenos experimenta los frutos más amargos de las políticas sectoriales donde los votos monetarios han pasado a decidir qué, cómo y para quien producir. Es lo que ocurre en salud, donde los buenos hospitales, clínicas y profesionales de la salud están mayoritariamente al servicio de quienes tienen los planes más costosos con las organizaciones privadas; lo mismo ocurre en la educación, en la previsión para la vejez y en la movilidad de las personas.

 

Como fruto de las visiones económicas instaladas hace más de treinta años, mantenidas y profundizadas en el tiempo, la gran mayoría de la población del país sufre a diario continuas frustraciones: por las larguísimas esperas en los hospitales, por los resultados en la educación pública, por el hacinamiento en el metro y por las pensiones misérrimas. Pero una cosa es percibir los efectos y otra interpretar sus causas. Así, la mayor parte de las personas asocia las políticas concretas – producto de esas visiones – con los sucesivos gobiernos de la concertación que han sido los responsables del país desde hace veinte años. Es decir, gobiernos que se identifican con la centro izquierda en las palabras y en la composición política del conglomerado de partidos que lo sustenta, han aplicado políticas de derecha cuyos resultados concretos son criticados por buena parte de la población. Como la crítica a los desastres en educación, salud, transporte y previsión ha sido liderada – aunque sólo de manera genérica – por la derecha política, ha sido este sector el que ha cosechado el descontento. La paradoja tiene una fuente adicional: el conglomerado gobernante no podía denunciar tal aprovechamiento demagógico de los errores cometidos; ¿se imagina el discurso? “nuestros errores son fruto de haber aplicado políticas de derecha, así es que vote por nosotros, no por ellos”. Notable.

 

No debe extrañar, por lo tanto, el desbarajuste al interior de la coalición gobernante. Por una parte, hay quienes ya se han acostumbrado a las concesiones viales, a la desregulación, a la idea del cobre privado, a la inestabilidad laboral, al autofinanciamiento del transporte público, a los votos monetarios; para ellos no hay errores. Por otra, hay quienes creen haber hecho lo mejor que se podía y no parecen tener muy claro tales errores. No nos sorprendamos si los primeros aparecen oportunamente en ministerios y secretarías a partir de marzo. Ojalá que los otros, todos los otros, ordenen la cabeza y se pongan a buscar el Bello Sino.

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Sunday, January 10, 2010

No estamos solos (en la madrugada)

Tras la muerte de Franco a fines de 1975 se produjo una brusca apertura cultural que significó, entre otras cosas, el libre ingreso a la cartelera española de varias películas previamente censuradas. Paradójicamente, tal proceso me favoreció durante mi primera visita a Madrid en 1976, pues tuve la fortuna de poder ver La Caída de los Dioses, un clásico del cine de Visconti que fuera estrenado en 1969, y La Tregua, estupenda adaptación de la novela homónima de Benedetti, filmada en 1974. Pero el fin de la dictadura también permitió que los cineastas españoles pudiesen tratar temas previamente prohibidos con menor temor. Ese proceso, sumado al descuido de los censores nacionales, nos permitió ver Asignatura Pendiente de José Luis Garci en Santiago, aunque varios años después de ser filmada y estrenada en España en 1978. Allí, un joven abogado laboral dedicado a representar dirigentes sindicales perseguidos – personificado por José Sacristán – se reencuentra con una casi novia de la época escolar, con quien tiene un romance que se mantiene hasta poco después de la muerte del caudillo. Me gustó tanto que desde hace algunos años he buscado el DVD, infructuosamente hasta hace poco pues lo encontré finalmente (y en oferta) en la Fnac de Madrid como parte de una colección recién editada de películas de Garci.

 

Repasé los títulos y las descripciones de otros filmes del autor sin la intención de llevar más que aquel que tanto había buscado. Pero hubo uno que me llamó la atención, pues la portada mostraba al mismo José Sacristán hablando frente a un micrófono en lo que parecía un estudio de radio. La síntesis en la contraportada del DVD decía que, efectivamente, la cinta – también de 1978 – narraba la historia del conductor de un programa radial nocturno titulado Solos en la Madrugada, donde combinaba música y muy personales comentarios acerca de las actitudes en realidad española de entonces; es decir, una estructura muy parecida a mi programa Bello Sino. No pude evitar adquirirlo y lo vimos hace poco con mi mujer en casa. Quedamos sorprendidos. En medio de canciones de la década del sesenta tanto en inglés como en castellano, el personaje dirigía a sus auditores comentarios contundentes y ácidos – aunque también amenos –  contra un pasado que había frustrado el desarrollo intelectual de toda una generación de españoles. El paralelo con mi viejo programa Con Los Ojos del Sesenta nos resultó evidente. Pero mayor sorpresa nos causó observar el giro que experimenta el programa una vez que su conductor pasa por varias experiencias, incluyendo su rechazo a un ofrecimiento para irse a la BBC de Londres. Con una nueva actitud, se le escucha llamando a encontrar maneras de construir un mejor futuro, es decir, lo que usted y yo entendemos por un Bello Sino.

 

Alguna vez argumenté que la cantidad de aliados en la búsqueda de un mejor destino colectivo eran muchos, unos conocidos y otros anónimos; músicos, escritores y pintores, pero también dueñas de casa, estudiantes, oficinistas, obreros, profesores y jubilados. Deberé ahora incluir a personajes de ficción, fruto de la imaginación realista de un director de cine. Es que no estamos solos, ni en la madrugada ni a plena luz del día.

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Sunday, January 3, 2010

Señales para un Bello Sino

Luego de treinta y siete años de control de los medios de comunicación por nuestra derecha – mediante la fuerza primero y el poder del dinero después – no deja de ser notable que sigan en pie visiones alternativas a la poderosa ideología dominante que, tras la promoción de las bondades de la competencia y el mercado, provee sustento subjetivo a la perpetuación de privilegios e inequidades. No estoy pensando en nuevas visiones articuladas que pretendan explicaciones holísticas, ni en posibles construcciones intelectuales que podríamos – legítimamente – haber desarrollado quienes maduramos en ambientes de mayor libertad. Me refiero a manifestaciones concretas de intranquilidad juvenil con las acciones que deben realizarse para sobrevivir en esta nueva forma de organización social.

 

A fines de los ochenta, cuando Los Prisioneros interpretaban las percepciones de un amplio sector juvenil (y no tan juvenil) poniendo música al rechazo intuitivo de los valores que se estaban instalando en nuestro país, el cineasta Luc Besson nos hizo llegar su película aquí llamada Azul Profundo (The Big Blue). En su momento no le asigné prioridad a lo que percibía como una historia de buzos en Grecia. Me llamó la atención que todos mis alumnos no sólo la habían visto, sino que la habían hecho su película favorita del momento, por su música, su fotografía y su fondo argumental; sentí un deber exponerme a la nueva estética juvenil. Lo sorprendente del asunto es que, más allá de sus posibles méritos visuales y musicales, el filme resultó valóricamente novedoso. En lo que entiendo fue su primer papel protagónico, Jean Reno personifica a un campeón mundial de buceo que busca denodadamente vencer a un amigo de infancia quien, siendo mejor que él, no quiere competir. El amigo ama el mar y sus secretos; el buceo es para el una forma de vida, un placer. Así, la película resulta ser una denuncia a la actitud competitiva ulcerante, mostrando la cara del gozo creativo tras las tareas no alienadas. En medio de la vorágine competitiva que se enseñoreaba en nuestro país, los jóvenes estudiantes que me recomendaron el filme rescataban la posibilidad de algo mejor.

 

Veinte años después del episodio anterior algo semejante me ocurrió recientemente con Hacia Rutas Salvajes (Into the Wild), película cuya descripción gruesa no me convenció lo suficiente como para verla. Nuevamente mis alumnos me hicieron recapacitar; “buena”, me aseguraron unánimemente. La oportunidad se dio en un vuelo fuera del país. Así vi la saga de un joven norteamericano que en 1990, tras terminar sus estudios universitarios, decide alejarse de la sociedad y convertirse en errante, renunciando a las posesiones materiales y quemando sus ahorros (en sentido literal: prende fuego a los billetes). Atraviesa los estados de la costa Oeste en un viaje que dura algo más de dos años, interactuando con múltiples personas con evidente aprecio e interés por ellas, a pesar de lo cual termina por aislarse en Alaska, en íntimo contacto con la naturaleza viviendo en un bus abandonado ¿Qué mecanismos activarán la mirada positiva de los jóvenes de hoy hacia tan radical actitud?

El aprecio de jóvenes chilenos por la denuncia que el séptimo arte hace de la competencia angustiosa hace veinte años y del camino marcado por el dinero hoy, me hace pensar que hay algo indestructible en nosotros los humanos: la capacidad de intuir los efectos nocivos de tales valores como fundamento de la vida en sociedad. Levanto esta observación como una señal de que un Bello Sino es posible.

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